
Hace dos años tuve que viajar a la zona para elaborar un artículo. El segundo día de la escapada decidí hacer un alto en el pueblo y fotografiar los carteles que colgaban en la espadaña de su iglesia. "Palancares en lucha contra el ICONA". Se referían a la batalla que mantuvieron algunos vecinos y militantes ecologistas contra la roturación de sus montes vecinales en la pasada década de los noventa. La historia de la resistencia de Palancares la cuentan otros mejor, como Pedro Cáceres.
Lo que quiero relatar es lo que me sucedió una mañana de hace sólo dos inviernos al bajar del vehículo en este pueblo perdido en mitad de la vertiente alcarreña del Macizo de Ayllón. Aquí vivían por entonces, en los meses más duros del año, tan sólo dos familias: no recuerdo bien quién salió primero, al escuchar el sonido de las ruedas de mi coche por la gravilla, para ofrecerme queso casero y miel. Recuerdo que fueron dos personas, un hombre y una mujer. Intercambiamos los saludos de rigor, comentarios despreocupados sobre la dureza del invierno o la sequía. Desconociendo el trasfondo del problema ecologista les pregunté qué pasaba para que el pueblo fuera condenado a un tramo de carretera repleta de baches y que, sin embargo, disfrutara de tan magníficos bosques. La mujer, una enjuta y reseca señora de nariz aguileña y pómulos marcados por la soledad me dijo: "Han sido los rojos". La miré con cierto asombro. "Sí, sí. Desde que ellos vinieron mi hermano se alistó con los nacionales y nunca más hemos vuelto a saber de él. Aún le esperamos". En sus ojos desbordaba el brillo opaco de las muchas noches en vela; sus gestos delataban cierto ademán que otros hubieran calificado de desvarío. Yo insistí: "Habrá sido el ICONA, señora". "Los rojos. Ellos, los que se llevaron a mi hermano". La mujer miraba por encima de su hombro como si de la espesura tamizada por los robles más cercanos fueran a salir, en cualquier instante, los milicianos a los que ella acusaba, sesenta años después, de la desaparición de su hermano, como si aquello hubiera ocurrido apenas unas horas atrás y todo el paisaje se tornara al fin en un gran escenario donde recrear viejas cuentas pendientes de restañar. Compré un tarro de miel y, regresando al coche, enfilé de nuevo la carretera a Tamajón con la extraña sensación de haber tropezado con una de esas puertas en las que el tiempo se desvanece, un umbral de inquietantes aristas en el que es fácil caer y extraviarse sin rumbo a sólo dos horas de Madrid.
3 comentarios:
te remito a mi blog
http://www.lansky-al-habla.com/2011/01/memento-mori.html
va de Palancares.
un saludo
Intrigante relato.
Aún tenemos gente con el dolor con el color de la locura de lo vivido por los pueblos España.
El tiempo vuela, Johana. Me fijo ahora de que esto lo escribí hace poco más de nueve años... Habrá que volver a pasar por Palancares y ver cómo sigue la historia. Hay una novela de Manuel Rico que se titula "La mujer muerta" (Espasa) que enlaza con esos mundos paralelos que se tienden entre los pliegues del tiempo...
Publicar un comentario