16/10/07

Los rojos de Palancares


Palancares es un pueblo levantado en la vertiente sur del Macizo de Ayllón. Un poblacho más de ese corazón invisible de la Castilla sureña y montañosa donde pervive la arquitectura negra y roja y adónde sólo llegan aquellos que tienen el firme empeño de circular durante horas por carreteras comarcales que no conducen casi a ninguna parte. Comparado con otros pueblos olvidados de esta sierra que comparten Soria, Guadalajara, Madrid y Segovia, la fortuna de Palancares es que queda en el camino de Valverde de los Arroyos, otro rincón alejado de todo al que le ha salvado de la invisibilidad un vistoso salto de agua y la fama de sus danzantes, allá por el Corpus. De Tamajón a Valverde es fácil percibir la labor de zapa y destrucción que ejerció el extinto ICONA por estos términos: actuaciones impunes que acabaron, como en tantos otros lugares de nuestra geografía, con el bosque propio para repoblar con pinos. Pinares resineros que se convierten ahora en ceniza cada vez que el estío aprieta con sus abrasadores vahídos. Cuando uno circula entre Tamajón y Valverde le sorprende un detalle que tal vez, para otros, pasaría desapercibido: después de recorrer aproximadamente la mitad del camino de repente el renovado asfalto se transmuta en un viejo trazado que cercena el término municipal de Palancares para volver, algunos kilómetros después, a la perfección ya comentada. Los campos por los que atraviesa la infame carretera están rodeados por robles y castaños, bosque autóctono como le llama la jerga oficial de nuestros tiempos. Carretera infame y bosque autóctono: curiosa combinación. El maltrecho caserío de Palancares no ahuyenta la desazón del viajero: un puñado de modestas construcciones, algún tejado de uralita, corrales despanzurrados y gallinas sueltas picoteando entre la hierba compone todo el paisaje.
Hace dos años tuve que viajar a la zona para elaborar un artículo. El segundo día de la escapada decidí hacer un alto en el pueblo y fotografiar los carteles que colgaban en la espadaña de su iglesia. "Palancares en lucha contra el ICONA". Se referían a la batalla que mantuvieron algunos vecinos y militantes ecologistas contra la roturación de sus montes vecinales en la pasada década de los noventa. La historia de la resistencia de Palancares la cuentan otros mejor, como Pedro Cáceres.
Lo que quiero relatar es lo que me sucedió una mañana de hace sólo dos inviernos al bajar del vehículo en este pueblo perdido en mitad de la vertiente alcarreña del Macizo de Ayllón. Aquí vivían por entonces, en los meses más duros del año, tan sólo dos familias: no recuerdo bien quién salió primero, al escuchar el sonido de las ruedas de mi coche por la gravilla, para ofrecerme queso casero y miel. Recuerdo que fueron dos personas, un hombre y una mujer. Intercambiamos los saludos de rigor, comentarios despreocupados sobre la dureza del invierno o la sequía. Desconociendo el trasfondo del problema ecologista les pregunté qué pasaba para que el pueblo fuera condenado a un tramo de carretera repleta de baches y que, sin embargo, disfrutara de tan magníficos bosques. La mujer, una enjuta y reseca señora de nariz aguileña y pómulos marcados por la soledad me dijo: "Han sido los rojos". La miré con cierto asombro. "Sí, sí. Desde que ellos vinieron mi hermano se alistó con los nacionales y nunca más hemos vuelto a saber de él. Aún le esperamos". En sus ojos desbordaba el brillo opaco de las muchas noches en vela; sus gestos delataban cierto ademán que otros hubieran calificado de desvarío. Yo insistí: "Habrá sido el ICONA, señora". "Los rojos. Ellos, los que se llevaron a mi hermano". La mujer miraba por encima de su hombro como si de la espesura tamizada por los robles más cercanos fueran a salir, en cualquier instante, los milicianos a los que ella acusaba, sesenta años después, de la desaparición de su hermano, como si aquello hubiera ocurrido apenas unas horas atrás y todo el paisaje se tornara al fin en un gran escenario donde recrear viejas cuentas pendientes de restañar. Compré un tarro de miel y, regresando al coche, enfilé de nuevo la carretera a Tamajón con la extraña sensación de haber tropezado con una de esas puertas en las que el tiempo se desvanece, un umbral de inquietantes aristas en el que es fácil caer y extraviarse sin rumbo a sólo dos horas de Madrid.

3 comentarios:

Lansky dijo...

te remito a mi blog

http://www.lansky-al-habla.com/2011/01/memento-mori.html

va de Palancares.
un saludo

Johana Roldán dijo...

Intrigante relato.
Aún tenemos gente con el dolor con el color de la locura de lo vivido por los pueblos España.

Pepo Paz Saz dijo...

El tiempo vuela, Johana. Me fijo ahora de que esto lo escribí hace poco más de nueve años... Habrá que volver a pasar por Palancares y ver cómo sigue la historia. Hay una novela de Manuel Rico que se titula "La mujer muerta" (Espasa) que enlaza con esos mundos paralelos que se tienden entre los pliegues del tiempo...

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