13/11/09

Extrarradios y libertad: Ignacio Echeverría

La alta velocidad ferroviaria es pura paradoja: mientras uno se acomoda dispuesto a recorrer a la velocidad del rayo los costurones del país a través de horizontes indómitos (en realidad nos hemos acostumbrado a distinguir los paisajes que se divisan a ambos lados de las autovías y el tren, aunque sea el más veloz, nos devuelve a la cara oculta del país), extrarradios depauperados, un skyline de infraviviendas de uralita y hojalata, vertidos incontrolados, postes de la luz como muñones y cardos decrépitos. Es lo que se observa al paso del convoy que recorre la zona sureste de la capital del reino mientras la máquina enfila hacia el corredor del Henares. Asistes como un espectador que viera una película de eriales resecos y polvorientos, ruinas devastadas, arboledas heridas y caminos que parecen no conducir a ninguna parte. Cómodamente sentado en el vagón del AVE que me acerca, en apenas hora y media, hasta Z, la ciudad de Manolo Vilas. Me he acordado de él mientras leía el artículo que firma hoy Ignacio Echeverría en la sección "Gatos ensartados" de El Cultural. Viene a quejarse el crítico de que la mayoría de los escritores que escriben columnas en los periódicos son autores maniatados por la censura más sagaz que existe: la autocensura que deviene de la necesidad de llevarse algo al estómago, pagar la hipoteca o comprar la ropa a los niños. Me he acordado de Vilas porque es, por contra, uno de esos escritores que triunfan desde su tribuna periódica en el Heraldo de Aragón aplicando libertad a sus palabras y criterios de juicio sin casarse, aparentemente, con nadie. Ayer compre su última novela, editada por Alfaguara, en la librería Rafael Alberti. Barrio de Argüelles que es una pasarela hacia la memoria. Espero que no corra idéntica suerte a la de su anterior obra, España, que me ha acompañado de un lado para otro y ahora reposa en la mesilla de mi dormitorio a la espera de que encuentre el ánimo suficiente para hincarle el diente lector. Y mucho ánimo necesito. Mientras tanto me entrego a la intriga de la magistal Operación masacre, de Rodolfo Walsh, publicada por 451 (y que adquirí en el Centro de Arte Moderno, una librería especializada en autores latinoamericanos donde, por suerte, encontré a nuestro Sudeste de Haroldo Conti funcionando muy bien). Zaragoza es una ciudad de libreros a la antigua usanza a la que uno regresa, una y otra vez, con satisfacción. No me voy a enrollar mucho: os aconsejo la lectura del artículo de Echeverría y aprovecho para hacer una reivindicación de la pluralidad bloguera: a mí tampoco me interesan aquellos que se dedican al autobombo de autores, editores y editoriales amigas...; desde la libertad, claro.

P. D. Gracias a los que vais votando y añadiendo comentarios a la entrada anterior. Responderé en una próxima entrada.

2 comentarios:

Lola Torres Bañuls dijo...

Cierto es que desde los trenes se vé las zonas más tristes de nuestras ciudades. Justo es así, la ventanilla del tren nos enseña ese lugares que no deberían de existir.

Un saludo.

José María Pérez Collados dijo...

Un comentario marginal, sobre Zaragoza. La dejé hace diez años, y no puedo volver, lo que siento enormemente. Es cierto que es una ciudad de libreros (algunas librerías han caído, pero otras han nacido también); y es una ciudad de pequeñas editoriales, de buena poesía y de autores y una cada día más apasionante vida cultural. Manuel Vilas es sólo uno de los exponentes de lo que se publica en Xordica, Tropo, Eclipsados, Olifante... . El Tren pone desde Barcelona y Madrid más cerca esta ciudad. Girona sigue un poco más lejos, para mi tristeza.

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