6/9/09

Mirar para otros


A lo largo de los últimos once años he gozado de una lectora fiel, una impenitente seguidora de mis artículos viajeros publicados en revistas y periódicos. Mi tía murió en la madrugada del viernes pasado en un hospital de la periferia madrileña. Mi tía era, en realidad, la tía de mi padre: uno de mis últimos vínculos con un mundo que desaparece casi con ella; una realidad que se cierra y se pierde definitivamente como un cofre que cayera al fondo del océano llevándose sus secretos para siempre. Ya no podré escuchar más su frágil voz al otro lado de la línea telefónica preguntando por dónde ando o diciendome lo que le había gustado mi penúltimo artículo. En realidad, meditaba para mí estos días mientras conducía por alguno de los rincones más remotos de la montaña zamorana, todos estos años lo que he estado haciendo era mirar para ella. Mirar (y fotografiar y escribir) lo que veía aquí y allá, rememorarle de alguna manera aquellos paisajes que luego ella creía recordar en la distancia, esencia de alguna visita especial o algún viaje de juventud, y pintarle otros muchos, los que nunca había podido visitar en su larga vida. "Si tu tío y yo fuesemos más jóvenes...", solía repetirme cuando un trabajo le había gustado especialmente. Luego recortaba las hojas en cuestión y las guardaba en una carpeta. Chelo murió en la madrugada del viernes en el hospital de San Fernando de Henares mientras yo dormía en Salamanca, cansado de patear la ciudad y examinar las barras de los bares para elaborar otro de los artículos que, en un par de meses, saldrá la luz en la revista DeViajes. Me hubiera gustado poder contarle que, en este viaje que he concluido hoy, visité la última comarca europea donde el lobo vive y se reproduce en libertad; o hablarle de la belleza en silencio de las piedras visigodas de San Pedro de la Nave, de la pertinaz ruina del castillo de Alba y de las huellas que las legiones romanas dejaron en el valle del Esla. Y, también, de la rutilante tranquilidad de las aguas del Órbigo, del incendio del atardecer en el horizonte o de la placidez pálida de la luna llena en la noche de Villafáfila. O de los libreros que he conocido en estos días. Anoche, mientras atravesaba con mi coche la oscuridad impenetrable de la Tierra de Campos rumbo a las murallas iluminadas de Zamora capital, imaginé que escribía la más preciosa entrada de este blog. Que al fin elegía las palabras exactas, una a una, para llevarla, otra vez, de viaje conmigo. Esta mañana, al despertar, por contra, nada encontré en mi cabeza de todo aquel botín que creía atesorar. Por eso estas torpes palabras de una entrada que no hubiera deseado tener que escribir nunca.

3 comentarios:

Diego Fernández Magdaleno dijo...

Lo siento.
Un abrazo desde esa Tierra de Campos que ha cruzado,

Diego

Lola Torres Bañuls dijo...

Creo que si has encontrado las palabras adecuadas. Palabras con sentimiento son las únicas que sirven en estos casos.

En tu memoria, en tus recuerdos no la perderás del todo.

Un abrazo.

ingettion dijo...

Llego tarde, pero hoy me he topado contigo después de varios años.
Veo que hay muchos para los que miras. Sigue mirando.

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