27/4/09

Aliento atlántico a un mes del comienzo de la Feria del Libro

Tiene la primavera madrileña una semana de máximo esplendor: la última del mes de abril. Es un entretiempo castellano y, por ello, breve, intenso, desbordante en aromas vegetales y luz. Anticipo de que el estío espera ya, pacientemente embozado, para hacer su desembarco agostando las eras ahora preñadas de hierbajos que ocultan -por unos días- la cara más fea de la ciudad y sus arrabales. Luego regresarán las amapolas a las cunetas de la M-40, el calvario de los asmáticos y el rigor del infierno por unos meses.

Suelo acudir por estas fechas al parque de El Retiro con la fe del peregrino, año tras año, porque es uno de los pocos espacios de evocación que le quedan a la estación en el Madrid postmoderno (lo es ya tanto que, hasta una exposición urbana de Juan Ripollés, la inaugura una concejala tan remozada como Ana Botella). A lo que iba: mañana se realizará en la sede del Gremio de Editores el sorteo para la ubicación de las editoriales, librerías y distribuidoras en el Paseo de Coches durante la próxima Feria del Libro. Apenas queda un mes para que la misma comience. Un parpadeo y estaremos sumergidos de nuevo en la deseada vorágine anual del libro impreso. El tiempo, en efecto, vuela. Esperemos que la suerte no nos sea esquiva y podamos disfrutar de una buena ubicación: en el lado de la sombra y al principio del Paseo.

Así que ayer, cumpliendo con ese rito inaplazable, acudí con mis dos hijos al parque a primera hora de la tarde. Era una sobremesa insospechadamente fría. Los negros nubarrones colgaban del cielo amenazantes y, de tanto en tanto, una furiosa cortina de agua obligaba a los escasos transeúntes a buscar refugio bajo sus paraguas y las colmadas hileras de castaños. Una hora en que el parque aparecía casi desierto y el silencio multiplicaba el sonido de las gotas de agua al rebotar en los paseos, el trino aislado de los pájaros y las pisadas fugaces de los paseantes. La hierba refulgía en las vacías praderas y, por un instante, arrobado por el murmullo del agua de las fuentes, con el aire frío aleteando en las mejillas, El Retiro se transmutó en un bosque con claras evocaciones norteñas y creí pasear por una espesa arboleda atlántica.

La pequeña Sara dormitaba en el cochecito y Miguel pedaleaba con velocidad por el asfalto que rodea al estanque, despejado ahora de turistas, vendedores ambulantes, policías municipales y de esos enquistados artistas infantiles que llevan aburriendo con las mismas marionetas a los niños de Madrid desde hace siglos. El norte había encontrado un umbral en el espacio-tiempo, colándose en la primavera madrileña por unas horas, tal vez unos días, lo que alcance a perdurar el paso de la borrasca. Fue una legítima manifestación de melancolía, lo sé. Pero es que el parque de El Retiro, en la última semana de abril, siempre nos aguarda con alguna sorpresa dulce que justifica la liturgia del paseante.

1 comentario:

eva dijo...

La nostalgia; melancolía del presente teñido de todos los pasados juntos, nos indican lo que fue mientras miramos lo que es. El Retiro, los niños que son, que nos recuerdan quienes fuimos, el relevo de esos paseos, esos olores, esas marionetas que a ellos aún sorprende, esa nostalgia que nos ancla,con tristeza, a este presente. Quien pudiera observar al que observa. Gracias por el momento.

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