
Que el género de la novela negra es agradecido para el lector resulta evidente. Emplazarlo en Malasaña City, en una comunidad de vecinos como la que podamos vivir, y olisquear, cualquiera de los mortales y darle una buena vuelta de tuerca, con una escritura de alto voltaje, es un juego de seducciones y apariencias en el que
Marta Sanz ha demostrado cuajo y solvencia (una vez más). Tres puntos de vista en primera persona para un juego a tres (o muchas más) bandas con el que desenredar las claves de un asesinato no resuelto por la policía en el que nada es lo que parece hasta el penúltimo párrafo de la última página. La 332. Un desenlace que obliga a releer hasta las citas, reveladoras. Porque a Marta Sanz le gusta provocar al lector, llevarle a la puerta del cuarto oscuro, enseñarle la patita por la rendija, revelarle que desear, y hacerlo bien, es una tarea mjuy (pero que muy) difícil, o que las cosas no tienen sólo que ver con el orden que nos son reveladas o con las verdades (que son mentiras) a medias. Marta Sanz escribe para subvertir. Marta Sanz escribe radicalmente bien, obliga al lector a hacer gimnasia al pasar entre sus páginas, es una escritora que despierta envidia. Una dulce envidia. Como la sangre gris derramada a sabiendas entre las páginas de Black, black, black, su última novela.
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