17/10/09

El miedo del editor al crítico: Cecilia Dreymüller

Mis amigos, los más allegados, sabían que llevaba días barrutando los nubarrones: un encendido correo-e de un lector nos alertó hace semanas de ciertos "fallos" que había detectado en nuestra edición de Vivir sin poesía, la edición de la obra poética reunida de Peter Handke traducida por Sandra Santana. Erratas e interpretaciones divergentes. Hoy publica Babelia, suplemento semanal de cultura del diario El País, la esperada (y temida) crítica de Cecilia Dreymüller sobre este libro. Esperada porque hace unos días, cuando entregaba los ejemplares recién salidos de la imprenta del último libro de Wislawa Szymbosrka en la redacción de Babelia, me confirmaron que la crítica de Handke estaba recibida hacía semanas y que la había realizado Dreymüller. Y temida por los antecedentes que comentaba...

Al editor no le queda más remedio que encajar las críticas, asumir los errores y esperar la oportunidad de una segunda edición para enmendarlos. Alabo, como siempre, la valentía de ciertos críticos con ciertas editoriales: se echan de menos esos mismos mandobles cuando por el mercado editorial poético circulan desde hace décadas algunas traducciones inmundas publicadas por otras editoriales que celebran su cuarenta cumpleaños entre algodones, elogios, prevendas y manejos.

El editor, al menos en las editoriales independientes, pequeñas y concienzudas, no está para contar versos. Al menos no está sólo para eso. Imagino que en la crítica de Dreymüller se hace mención a la figura de "editor" que existe en los grandes grupos, la persona que hace de puente entre el autor y la preimpresión como hombre orquesta: corrector de estilo y orto-tipográfico, casi maquetista, confidente -muchas veces- con el escritor, etc, etc. En una pequeña editorial, el editor carga con las cajas, persigue a los morosos, visita librerías, atiende las ferias, revisa pruebas, redacta notas de prensa, negocia anticipos y contratos, financia las publicaciones, lee, indaga, descubre, se emociona leyendo un texto y hasta se enoja cuando las cosas no salen bien: da la cara, en suma, querida Cecilia.

Se agradecen las críticas que alumbran: no se puede cargar la balanza, por un lado, con los elogios al poeta (amigo personal del crítico, como en este caso) y vaciarla con zarpazos al traductor y al editor. Nadie sabe las horas de trabajo (y los años) que la traductora ha invertido para sacar adelante su texto, los controles internos que se han establecido para minimizar las posibles erratas. Sus años de formación: su curriculum. La valentía que tuvo al aceptar el encargo (a sabiendas de la dificultad que entrañaba un proyecto como éste). El cariño y las horas de sueño que todos los implicados hemos puesto en sacar adelante un libro tan complejo. El coste que todo eso tiene en una cuenta de resultados exhausta. Si hay versos que faltan, nos gustaría saber cuáles. Y si falla la comprensión lingüística, nos encantaría que se nos indicara dónde (para ponerlo en solfa). Claro que hay erratas (¿qué libro está exento de ellas?), pero el amable e indignado lector que las detectó tuvo el detalle de indicarlas. De ahí a inferir que éstas son incontables media un abismo: el que abre el ensañamiento. La tarea del crítico, en mi opinión, es hacer crítica, no despedazar piezas cobradas en cualquier cacería. La tarea del crítico es la de alumbrar, no la de oficiar de sepulturero. ¿O es que el crítico, querida Cecilia, es un ser tan limitado que sólo puede leer y analizar y reseñar obras traducidas de la lengua en la que está especializada?¿Acaso no puede leer y opinar el crítico sobre obras traducidas del ruso, del coreano o del senegalés si no las domina? ¿Se habrá perdido Dreymüller nuestras traducciones de Carver, Anne Michaels, Kapuscinski, Kerouac, Faulkner, Creeley, Robert Hass, Siri Hustvedt, Duhamel, C. K. Williams, Jaccottet, Yeats, John Berger, Sharon Olds, Billy Collins, Sylvia Plath, Szymborska, Jacques Ancet, Shakespeare o Natasha Trethewey, alabadas por la crítica?¿Habrá detectado deslices semánticos o formales en nuestra tarea anterior?¿Un ajuste de cuentas?¿Son materia exclusiva del crítico, entonces, las erratas deslizadas, los versos que supuestamente falten o la comprensión semántica? Seguro que no, vamos.

Nos gustaría que se nos señalaran los errores para corregirlos: pero nos mata la extensión de la sospecha. Ni la poesía de Handke es tan sublime ni la traducción que hemos publicado tan pésima, querida Cecilia.

A principios del mes de septiembre le escribí un correo electrónico a Cecilia Dreymüller: en él le comentaba, desconociendo que la crítica de Babelia se la habían encargado a ella, que habíamos editado este libro y le pedía una dirección postal para enviarle un ejemplar. Su respuesta fue el silencio. El mismo silencio con que el propio Handke ha respondido a todos los intentos de los periodistas de este país por obtener alguna respuesta a las entrevistas que le han enviado durante los meses pasados a cuenta de esta edición en español de su poesía reunida. Quién sabe si ambos silencios no están conectados.

Acabaré con una anécdota más: "alguien" descubrió hace meses, mientras trabajaba en una edición a otra lengua oficial del Estado español, que la alabada traductora de una célebre obra narrativa de uno de los autores estrella del catálogo de Alfaguara se había comido nada menos que dos páginas del texto en el original inglés. ¿Alguien reparó en ello en su momento?¿Llamamos a la Inquisición y prendemos las teas?¿Hacemos entonces anatema del desafortunado traductor o del despistado editor? O, mejor, ¿grabamos otra muesca en la cartuchera de algún avispado crítico?

14 comentarios:

Javier dijo...

En respuesta a Pepo Saz, editor y dueño de Bartleby Ediciones, airado por la opinión de un crítico en un suplemento literario.

Querido Pepo:

Todos los que leemos, los que amamos los libros y los que nos dedicamos en cuerpo y alma a este medio de vida -no digo negocio, no, cualquier otro trabajo sería más negocio que éste- sabemos lo que cuesta ser editor. las horas que se dedican a ello, los infinitos viajes, los denostados esfuerzos para hacerse con el libro que uno desea tener en su catálogo... Todo ello son sudores y lágrimas. pero ese esfuerzo merece la pena. Tocar una hoja ya impresa, con las palabras que te emocionaron, saber que todo ello lo vas a poner en manos de muchos lectores, siempre desconocidos, lectores que valorarán la obra, y que se olvidarán de lo que costó hacer llegar esos textos a esas manos...

Pepo, los que no valemos para escribir nos dedicamos a la crítica de libros, ello es bien sabido. Pero los que no tenemos cojones para apostar todo a un número, lo que viene a ser más o menos el dedicarse a la edición literaria, montamos una librería. Creo que yo mojo de las dos salsas...
¿Un editor ha de tener miedo a un crítico literario? Nunca. Un editor mira la brújula, cierra los ojos y comienza su camino. A veces se deja guiar por ciertas indicaciones cuando encuentra a un caminante y, amablemente, le reconduce de algún fallo en la ruta -esa creo que es la labor del crítico-, pero nunca la de tirar piedras a aquel que encuentra a su paso, cual desalmado al paso del cercanías por los arrabales de una gran ciudad.

A veces, cuando editoriales me envían galeradas, cuando los plazos de impresión dan cabida a ello, les envío mis impresiones, les dejo constancia de lo que creo que son fallos en el texto y les sugiero mis opiniones. Varias veces me han hecho caso -lo veo en la obra final cuando sale a la venta-, otras no. Nunca he menospreciado sin dar datos la labor del editor y traductor. Nunca he tirado piedras y he escondido la mano. Un crítico que derrumba, un emisario que mata, alguien que destruye y esconde sus armas, ese que acalla sus delirios y enmudece dando la espalda a costa de las esperanzas y esfuerzos de los creadores, ese, no es sino un desalmado de mirada turbia. Las letras son armas de conciliación, instrumentos de concordia, nubes que llevan nuestros pensamientos, nuestros deseos y conocimientos, no filos de navaja. Eso era en otros tiempos.

Pepo. te conozco algo. Espero conocerte más. No dudes de mi reconocimiento y mi apoyo para tu labor como editor, así como para tus compañeros de oficio e ilusión, de grandes y pequeñas empresas, da lo mismo, pero con las mismas miras, generosas y sinceras.

Un fuerte abrazo.

Javier

Manuel Rico dijo...

Creo, Pepo, que hay que tomarse las cosas con tranquilidad. Es evidente que a Cecilia no le ha gustado la iniciativa de Bartleby y que tampoco ha debido hacerle mucha gracia que a Peter Handke lo traduzca Sandra Santana. Yo creo que eso es lo esencial: hay quien piensa que los autores "sagrados" deben ser traducidos sólo por grandes popes de la traducción. Te lo digo porque si lo esencial en cuanto a la edición hubieran sido, como ella señala, los supuestos "innumerables errores", las "incontables erratas" y los "versos desaparecidos" hubiera citado, a título de ejemplo, uno de cada al menos. No ha sido así, por lo que su juicio queda bastante malparado. Quitando el párrafo que dedica a traductora y editor, todo lo demás es un notable elogio del libro. Tal vez si lo hubiera traducido Miguel Sáenz, por ejemplo, no hubiera puesto ningún. Y si hubiera sido ella, of course, tampoco.

No te preocupes Pepo. Yo, que me siento corresponsable de la edición en mi condición de director de la colección, no me preocupo. La crítica ha sido buena, Babelia ha sido justa dedicando a Handke página impar, y quien ha quedado en precario es Cecilia Dreymüller. Sobre ello escribiré en mi blog en estos días. Tiene que haber "gente pa tó", que diría Belmonte.¡Qué le vamos a hacer!
Un abrazo y adelante.

Manuel

Pepo Paz Saz dijo...

Javier, gracias por tus palabras de ánimo. No pienses que me he cruzado de brazos, derrumbado en un sofá, por la crítica de ayer. El estilo de Dreymüller es lícito, aunque yo no lo comparto (ni siquiera en mis colaboraciones en prensa: prefiero irme de un sitio, no recomendarlo en suma, a publicar un texto dañino). Entiendo que son opciones y que cada uno puede elegir cada una de ellas libremente. Respeto el ejercicio de la crítica literaria y hasta me parece bien que, en este caso, ella planteé innumerables dudas por encima del texto original de Handke. De momento tenemos a dos correctores, uno en castellano y otro en alemán, revisando el libro (nuevamente). Se podrán detectar erratas, claro, para la siguiente edición. Lo que no podremos entrar es en las decisiones formales de la traductora (que las tomó de manera consciente)que tanto han molestado a C. D.. Además, hay otros aspectos de la producción del libro que también tendremos que revisar para evitar que las cosas nos vuelvan a suceder. Pienso que siempre hemos apostado por una edición de calidad apoyada en una excelente elección de los traductores. Y no vamos a renunciar a ello.

Borja Costa dijo...

Hola Pepo,

Ya me he enterado del desagradable "incidente", y tan solo quería dejarte unas palabras, aunque te veo arropado de forma más que suficiente.

Mira, yo creo que tan solo hay que echar un vistazo a la calidad de las ediciones de Bartleby para darse cuenta de qué va este tema. Como periodista que eres, tienes que saber que esto es un juego, un arma de doble filo asquerosa, que cualquier artículo puede estar manchado de intereses de todo tipo, y me temo que este es el caso. Coincido con Javier en que casi es mejor el no hacerles ni caso, y dejar que se maten ellos solos. Tomarnos las buenas críticas como POSIBLE buena publicidad y las malas, si son injustificadas o excesivas, como un punto menos en la carrera del crítico (carrera siempre dudosa, cuando no va acompañada de una firme y contínua actividad como parte de aquello que se critica). Si todos sabemos que los críticos más apreciados por sus publicaciones son aquellos que gozan de un cierto prestigio que les permite poner por las nubes o por lo suelos a quien quieran sin más explicación, pues ya no digo más, no?

Bartleby tiene una línea editorial, un diseño, una calidad, que ya quisieran las consagradas editoriales de este país, con sus eternas reediciones que tú mencionas con planchas de 1960 que no se pueden ni leer y sus eternos errores (los cuales dan un poco igual, dado que los textos ni se entienden, así que para que reparar en más...).

Respecto a las opciones tomadas por la traductora, ya es el colmo que a esta señora le moleste el que no le guste lo que se ha decidido sobre la poesía de su amigo. Si un autor no desea interpretaciones basadas en la traducción, quizás no deba permitir traducciones. Por lo demás, el criterio de una profesional no debe ser tenido a la ligera de esta forma tan canalla.

Recuerda que la edición es tan dura que siempre, en algún lado, faltará un verso porque somos humanos (aunque esto algunas no lo sepan, habría que estudiar por qué se ha alterado tanto... la primera vez que lo ve, supongo).
Lo que no debe faltar nunca es el esforzarse en la calidad, como haceis desde Bartleby, por lo que puedes dormir tranquilo.

Un abrazo fuerte.

VUK dijo...

crítica, crítica... ya la palabra es espeluznante.

(Del lat. critĭcus, y este del gr. κριτικός).
1. adj. Perteneciente o relativo a la crítica.
2. adj. Perteneciente o relativo a la crisis.
3. adj. Se dice del estado, momento, punto, etc., en que esta se produce.

4. adj. Dicho del tiempo, de un punto, de una ocasión, etc. más oportunos, o que deben aprovecharse o atenderse.
5. adj. Fís. Se dice de las condiciones a partir de las cuales se inicia una reacción nuclear en cadena.
6. m. y f. Persona que ejerce la crítica.
7. m. y f. coloq. Persona que habla culto, con afectación.
8. f. Examen y juicio acerca de alguien o algo y, en particular, el que se expresa públicamente sobre un espectáculo, un libro, una obra artística, etc.
9. f. Conjunto de los juicios públicos sobre una obra, un concierto, un espectáculo, etc.
10. f. Conjunto de las personas que, con una misma especialización, ejercen la crítica en los medios de difusión. 11. f. murmuración.
12. f. censura (‖ reprobación).

crítica textual.
1. f. Ecd. Estudio de las técnicas conducentes a la reconstrucción de un original perdido.

bien por tu crítica a la crítica!

David Pérez Vega dijo...

Hola

Creo que, como dice Manuel, debes dar más importancia al hecho de que dediquen a un libro de la editorial una página entera, a la derecha del periódico, que a las desafortunadas palabras de la crítica en cuanto a la traducción y al propio editor (creo que es la primera vez que veo esto en una crítica de un periodico).

La semana anterior, de cuatro críticas de poesía en El cultural dos eran de libros de Bartleby. (Además eran positivas).

Esta situación es muy superior a que los periódicos hiciesen el vacío a la editorial. Por el contrario, parece que cada vez tienen más en cuenta lo que publicas. Y además, casi siempre las críticas son buenas en todos los aspectos.

Mi apoyo y un saludo.

Fco. Javier Jiménez dijo...

Querido Pepo:
Me solidarizo con tu labor, con tu tesón, con tu catálogo, y también con tu cabreo. Mucho es el trabajo que un editor independiente lleva a cabo para sacar su proyecto adelante en estos tiempos, como para que luego uno de los "popes" de la crítica literaria del suplemento más sobrevalorado del país se permita estas lindezas barriobajeras, por desplante, por cinismo, por mala leche, por joder. Tu labor como editor no se demuestra por el número de críticas que se dignan en sacarte en el suplemento de marras, cuyo poder de prescripción, además, está de baja caída. Lo importante son tus lectores que, a estas alturas de la película, apenas se fijan en las soflamas de este y otros críticos, especie en extinción desde el surgimiento de la Web 2.0. Hoy en día los blogs literarios y las redes sociales tiene mucho más poder prescriptivo (y menos politizado) que cualquier habitual de un suplemento en papel. El reino de los Atilas literarios se extingue. Mucho ánimo, editor, por tus libros, y no por tus erratas, te juzgaremos. Y además, no hay errata que sobreviva a una buena segunda edición corregida. Por su parte, los libreros, descuida, colocarán bien el libro en el escaparate: la polémica también hace vender libros. Un abrazo. Fco. Javier Jiménez

Gozque dijo...

Lo importante es que hablen de la editorial, aunque sea mal, porque sinceramente, en este país, quién compra libros siguiendo las reseñas de los críticos. Eso sí, respecto a que "el editor, al menos en las editoriales independientes, pequeñas y concienzudas, no está para contar versos" me parece un poco fuera de lugar puesto que concienzudo riñe con no contar versos y suena a disculpas (no creo tampoco que un editor se deba disculpar con un crítico).

Como las pequeñas no cuiden estos detalles no se quién lo hará porque si las pequeñas no están para contar versos, te aseguro que las grandes están para ganar dinero (y solamente eso) y el número de versos, hasta donde sabemos, no altera la cuenta de resultados (lo sé porque trabajo en la editorial que criticas al final de tu post).

Pepo Paz Saz dijo...

Os agradezco los apoyos (los públicos y los que han llegado por e-mail). Y, sobre todo, se los traslado a la traductora (que es, en definitiva, el eslabón más flojo de todo este engranaje). Es quien le ha dedicado infinitamente más tiempo al libro y quien, habitualmente, no sale ni mencionada. Salvo que alguien quiera partirle la cara. Gozque, tienes razón: no es una excusa. No tenemos excusas frente a las erratas que se hayan colado. Sabemos donde ha fallado el sistema de control y ya está. El proceso es como sigue: la agencia no nos facilita el texto original así que hay que escanearlo. Escanear del alemán y luego revisar y corregir todas las erratas que mete un escaner. Ya te imaginas. Esa tarea tuvo una persona encargada específicamente. En un libro de 550 páginas resulta que después de todo eso se nos ha escapado un verso. Bueno, hay que encontrar otra metodología más precisa. En el camino que va del corrector en castellano al maquetista, y viceversa, siempre se escapan cosas o se crean nuevas erratas. Ahí es donde añado yo mi postrera lectura (que en este caso no se realizó por estar sumergidos en la vorágine de la Feria del Libro, viajes de trabajo y la producción de otros dos libros). Resultado: al editor es al que se le cae el alma a los pies cuando no respeta ese último control y, en efecto, se desliza alguna errata. ¿Garantiza mi lectura que todo salga correcto? Pues tampoco, lamentablemente.

Por último: lo de Alfaguara no era una crítica sino un ejemplo de que las cosas pueden salir mal hasta en las grandes. El tema está en que si yo publico una novela nadie, ningún crítico, va a acudir a la edición original para emitir su juicio. Si publico un poemario bilingüe, además de multiplicar por dos las posibilidades de errar, están ofreciendo en bandeja tu cabeza...

Con todo, bienvenidas sean las críticas que nos enseñen todo lo posible para hacerlo mejor cada día. Las generalistas, la verdad, sirven de poco.

Gsús Bonilla dijo...

My friend Pepo, no más que solidarizarme contigo y darte mi apoyo, y a modo de intentar meterme en tu piel o navegar por tu estado animo. Como bien sabes, mis niveles en cuanto a edición son meramente altruistas y enmarcados dentro de una manera muy particular de entender la literatura, y aunque sólo me manejo dentro del mundillo “revista”, también a veces el alma busca el suelo cuando recibes tal o cual crítica, si a acaso un poco más, cuando lo que haces, lo haces porque te gusta y no percibes más a cambio que la satisfacción de haber contribuido de una manera noble a una causa, aunque sea perdida. Aunque bien es verdad que las cítricas por erratas, como que las tenemos superadas, porque entendemos que entran dentro de nuestro juego, y lo que tú bien dices, están ahí, y siempre estarán, o no cabe otra cosa que estar más al loro para próximas ediciones. Otra cosa bien diferente es la manera querer criticar, hacer daño y conseguirlo.
No me puedo ni por asomo comparar con los que os dedicáis a editar libros de esta forma tan particular, a vosotros mal llamados pequeños editores, que estáis al pie del cañón y conocedores a la perfección este mundillo, sacando adelante con mucho empeño libros de calidad en continente y en contenido, que al fin y al cabo esa es la prueba irrefutable del producto final, el cual dice mucho del mimo con el que ha sido tratado, y que cualquiera puede comprobar.

Las grandes multinacionales o grandes grupos, ese es otro baile, al cual solamente acostumbran a invitar a otros espectadores; ellos tienen los medios suficientes como para detectar cualquier anomalía a tiempo, y si no se hace, en mi opinión es por dejadez o prepotencia.

No me enrollo más.
Que un abrazo fuerte, y adelante sir.

Gsús

David Mayor dijo...

Pepo, mi solidaridad contigo y con Sandra. Ayer Nacho Escuín me comentó lo que había pasado. Cada vez soy menos asiduo al Babelia, como tantos, y no me había enterado. No sé alemán y no puedo decir nada sobre el texto original pero de Sandra Santana sólo puedo manifestar mi estima por su escritura. Aprecio mucho el libro que tiene publicado "Es el verbo tan frágil" y del mismo modo he disfrutado del sentido de su traducción. No es ninguna novedad decir que un libro traducido es un libro nuevo que nace del contacto entre dos sensibilidades, una versión pero también una perversión. Más que como fidelidad entiendo la traducción como adulterio y no me escandalizo de ello sino que disfruto. Disfruto de la escritura en castellano o sufro si quien traduce no sabe escribir y arrastra las estructuras gramaticales de una a otra lengua como si nada. Costumbre, por desgracia, también muy extendida. Pero en el caso de "Vivir sin poesía" he disfrutado. Sandra logra un texto en castellano que traslada una determinada experiencia lírica en la que el lenguaje cobra protagonismo cuestionando su propia capacidad para representar. Un libro acaso inscrito en una tradición ajena pero que leemos como si fuera propio. Y esto Sandra lo hace a pesar de, según la señora Dreymüller,"una falta de comprensión semántica."
Sé que las erratas, por mínimas que sean, son puñales dolorosos, inesperados reclamos de la atención que manchan hasta lo más pulcro. Y es una pena que salpiquen como lo están haciendo las de "Vivir si poesía". Como a partir de ahora en el Babelia se dediquen a destacar los libros con erratas, el celeberrimo suplemento se convertirá en centro especializado de corrección ortotipográfica. Ahora que son tiempos difíciles, debería mandar el curriculum. Apenas hay libros sin erratas. Quien esté de libre de culpa que tire la primera piedra.
Pepo, no te desanimes, no dejes de arriesgar, muchos lectores te lo agradecemos.
Un abrazo.
david

Fco. Javier Jiménez dijo...

La errata, efectivamente, tiene vida propia, incluso tiene dedicado un libro: Vituperio (y algún elogio) de la errata, por José Esteban, en Renacimiento. Pero Pepo, precisamente a los independientes de calidad no se nos va a perdonar nunca que publiquemos a autores fetiche con erratas. Precisamente por ser distintos de bemos hacer de nuestro oficio virtud, de nuestro trabajo artesanía, de nuestra pasión, contagio, y todo ello, a base de credibilidad, que se consigue... dejándonos las pestañas. Llevo años moviendo cajas de libros, pero no puedo renunciar a leer dos veces las cosas, sabiendo que la puñetera errata me pisa los talones. En cuanto a los críticos, algunos juegan a tiro al plato. Tu has sido el pato en esta ocasión. Ojo con el ego de los críticos y con la ira de Ariadna.

Eterna aprendiz dijo...

Para mí como lectora, una editorial como Bartleby es muy necesaria y gratificante.

En cuanto al libro de Handke estoy encantada, digan lo que digan todas las Cecilia Dreymüller que hay por los suplementos y menos si no argumenta y se dedica a sentar cátedra sin más, eso no es serio por su parte. La crítica enriquecedora es siempre una crítica constructiva. Que concrete esos errores y los haga operativos. Y que de paso se note que se ha leído realmente el libro, cosa que pongo en duda.

Mi enhorabuena a Bartleby, y al trabajo de Sandra y de todos los que formais la editorial.

Crítica Anónima S. L. dijo...

Hola.

Este último mes he leído la traducción de la poesía de Handke en la versión de Sandra Santana. No comparto algunas de sus decisiones (también soy traductor del alemán, cada cual tiene sus vicios), pero no es, o no me parece, en absoluto una mala traducción. Es más: diría que tiende a lo bueno.

No es sólo que la traducción venga precedida siempre inexorablemente de una lectura o interpretación, y que, por lo tanto, toda versión sea una aproximación (siempre lícita) a un original abierto y con más ecos; es también que lo que Handke ha escrito a lo largo de tantos años y en fases de su vida y escritura tan distintas, Sandra Santana lo ha traducido en muchos menos años, pasando, probablemente, por menos fases vitales, y con la urgencia, por generoso que pudiera ser el plazo, de entregar y dar por finalizada (¿abandonada?) la traducción. Seguro que ella, hoy, cambiaría algunas cosas, como las cambiaríamos todos cada vez que recibimos del editor los ejemplares de nuestra última traducción.

A mí, por lo pronto, una persona que se atreve con la obra poética de Handke me inspira un gran respeto y una admiración colosal. Y estoy convencido de que algún día tendrá ocasión de revisar sus versiones y enmendar algunas cosas, que no tienen porque ser, ni mucho menos, las que Cecilia Dreymüller vee o dice ver (y no señala).

Creo que lo ha apuntado ya Manuel Rico. En el fondo de esta crítica se palpa el recelo, la impotencia, el "esto-tendría-que-haberlo-hecho-yo", un sentimiento bajo, ciertamente mezquino, pero tristemente humano, demasiado humano. Bien lo sabemos los que nos dedicamos profesionalmente y por vocación a la traducción literaria, porque lo vivimos, mal que nos pese, muy a menudo, tanto en carne propia (somos malos) como en cuerpo ajeno (somos víctimas de otros malos).

Creemos que tal o cual libro deberíamos traducirlo nosotros, que nadie como nosotros para darle el brillo y el tono que merece, y así se critican entre sí los traductores de Proust, Michon, Faulkner o Roth, de Mann, Kraus o Ingeborg Bachmann.

Nunca nos preguntamos, en cambio, cómo lo habríamos hecho nosotros, si en verdad lo habríamos hecho mejor; nunca tenemos memoria y olvidamos que nuestra versión de X, Z o Y no sólo merece un repaso, sino que es directamente infumable.

Felicidades por el catálogo, es un lujo para los lectores.

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