13/5/09

Demasiado tarde para comprender

El pasado lunes compartí estudio de grabación en la Casa de la Radio, en Prado del Rey, con Manuel Rico, director de la colección Bartleby Poesía. Ignacio Elguero nos había invitado a participar en el programa La Estación Azul. Parece ser que con los últimos vaivenes en la dirección de programas del ente público este espacio dedicado a la poesía (y emitido por Radio 3) estuvo a punto de sucumbir. Al final se mantiene a flote en el océano de las madrugadas, a una hora imposible, no apta ni tan siquiera para poetas. Pero la era internet le ha dado el balón de oxígeno suficiente para mantener audiencias: basta pinchar un enlace y allí sobrevive la poesía que Javier Lostalé y Elguero, auténticos robinsones de las ondas, se empeñan en comunicar pese al signo de los tiempos. No os perdáis la lectura improvisada de un poema de Denise Duhamel que hizo Lostalé (también leyó con sabiduría a nuestros Faulkner y Shakespeare). La misma Duhamel a la que hace poco se denostaba en un suplemento cultural de tirada nacional, con un año de retraso, acusándola de no tener formación literaria: la misma que se gana la vida como profesora de Escritura Creativa y Literatura en una universidad de Florida...

Son malos tiempos para la poesía: los poetas malditos siguen muriéndose jóvenes, reventados sus pulmones por el cáncer y/o la heroína, pero como ellos eligieron en lugar de las páginas de un libro la notas de una guitarra o un piano, a cambio, han conseguido llevar sus versos del claroscuro de las salas nocturnas y vacías al reconocimiento de muchísimos más corazones. Que me digan, si no, las filas de condolencias que se forman ante el féretro de un poeta en España (cuando algunos no secuestran también el cadáver). Un viaje inverso que, por contra, a duras penas consigue ya la poesía por el conducto ordinario y que explica la conmoción que ha producido la prematura, y no por ello menos anunciada, desaparición de uno de los músicos-poeta encumbrados en el regocijo libertario de los ochenta: el líder de Nacha Pop. Me comenta Javier Cambronero, nuestro distribuidor, que mañana precisamente recibirán los ejemplares del libro con las letras de Antonio Vega que publica Demipage, editorial que compartirá con nosotros el exiguo espacio de la caseta de la Feria del Libro en un par de semanas (alquiler por el que la organización de la Feria, aprovechando que estamos en crisis, ha incrementado este año un 100% con respecto al coste de la edición pasada. Luego que nos expliquen a los editores independientes quiénes se volverán a repartir las ayudas destinadas a las pequeñas editoriales. Si se mencionara la nómina acreedora de las mismas del pasado año nadie se lo creería. O sí).

Estoy leyendo aquí y allá las crónicas sobre la muerte de Antonio Vega que van publicando desde ayer, martes, las ediciones digitales de los periódicos. Es cierto que La chica de ayer se ha convertido casi en un himno de aquellos trepidantes años ochenta. A mí me trae el aroma del recuerdo de un Paseo de Camoens repleto de peña dispuesta a disfrutar un concierto nocturno, el aire de la libertad y del triunfo -pasajero- de la noche. También alienta el nebuloso temblor de otras largas madrugadas de música y alcohol en garitos de la zona de Malasaña. El sabor único de un beso de despedida en un portal de Argüelles. Las largas y solitarias caminatas para pillar el nocturno en Cibeles. El pasillo en silencio de la casa familiar. Las madrugadas estrelladas de las interminables guardias en Romero Robledo. Mi paso fracasado por la Facultad de Ciencias Físicas de la Complutense (un recuerdo muy dulce, pese a lo que pueda parecer, que sobre todo permanece vivo cuando vuelvo a transitar el paseo que conduce desde el Rectorado, saliendo por la boca del metro de Moncloa, hasta ese jardín botánico que entonces era un erial con nombre pomposo y hoy apunta maneras de bosque profundo).

Perdido todo mi tesoro musical de aquellos años en cintas de casette grabadas de las emisiones radiofónicas, me he descargado con el Ares muchas de las canciones de Nacha Pop. No he podido dar, sin embargo, con la que para mí es la más estremecedora: una versión al piano de Una décima de segundo. Me escribía el otro día José Ángel Cilleruelo que en la literatura no hemos de olvidar nunca el gozo. Que por él escribimos y por él leemos. Y que sin él, nada de todo esto tiene sentido. Reflexioné sobre la multitud de tareas que acechan al editor cada día y, sobre todo, por cierta nostalgia que a veces me asalta ante la imposibilidad de poder entrar en una librería y curiosear entre las mesas de novedades y las estanterías con la inocencia de un lector cualquiera, sepultada ya -en cierta forma- la magia de tomar un libro entre las manos y fantasear con los mundos y los abismos que esconde entre sus páginas. José Ángel me contestó que había construido un poema borgiano, que mi enumeración de tareas parecía una colección de monstruos...

Y en la cercanía de la medianoche, con un sabor amargo en la garganta por una conversación telefónica a medias declaro, solemnemente, una obviedad: que en la vida, como en la literatura, no hemos de olvidar nunca el gozo. Aunque a veces nos lleve demasiado tiempo comprenderlo o lleguemos demasiado tarde para hacerlo. Y no sé si eso me salvará.

3/5/09

José Donoso: Poemas de un novelista


Estamos acabando de revisar las galeradas de uno de los libros que verán la luz con la llegada de la inminente Feria del Libro de Madrid: son los Poemas de un novelista, único volumen de este género producido por el novelista chileno José Donoso. El libro lo escribió durante su estancia en Calaceite (Teruel), entre los años 1972 y 1976, junto con tres de sus obras narrativas: Historia personal del boom, Tres novelitas burguesas y Casa de campo. Editado originalmente en Chile, se encontraba inédito en España. Paradojas del destino. A nosotros nos puso sobre su pista el director de cine Emilio Ruiz Barrachina, que coincidió hace unos meses en este bello rincón de la Matarraña turolense con Manuel Rico, Félix Grande y Paca Aguirre. Ruiz Barrachina es autor del libro Tinta y piedra y del documental Calaceite: tinta y piedra. En ambos se repasa, de manera exhaustiva, la estancia de la familia Donoso en el pueblo.

Además de los poemas de Donoso (y del prólogo personal y las fotografías familiares que acompañaban a la edición chilena), nos pareció interesante agregarle algo más de valor a la edición española así que nos pusimos en contacto -a través de la Agencia Balcells- con uno de los muchos amigos del novelista que pasaron por Calaceite en aquellos años, Jorge Edwards (premio Cervantes), para proponerle que escribiera una introducción a la presente edición. Edwards aceptó gustoso el reto y nos ha enviado un delicioso texto donde rememora su amistad con el maestro Donoso y, además, repasa las influencias anglosajonas en su poesía. Toda una delicia.

Manuel Rico llevaba insistiéndome meses y meses, desde que acudiera hace ahora un año a un encuentro poético en Calaceite, en que aprovechara uno de mis viajes de trabajo para patear las calles de la monumental villa turolense. Así que en este Puente festivo, aprovechando que el Ebro pasa por Zaragoza y que tenía que elaborar un reportaje en esa provincia (comarcas de las Cinco Villas y de Calatayud), dejé un hueco para el domingo por la mañana y me desplacé hasta allí desde la capital maña (hora y media escasa en coche a primerísima hora de la mañana).

La memoria me era esquiva. Claro que ya había pasado por Calaceite: hace casi diez años, en el retorno apresurado de una de mis primeras colaboraciones viajeras para El Mundo (bodegas modernistas en la Conça del Barberà y la Terra Alta). Mi padre se estaba muriendo. Llegué de regreso a Madrid con el tiempo para pasar la última madrugada junto a su lecho, en el silencio espeso de la noche de un caluroso mes de julio para olvidar. No había vuelto por Gandesa y la Terra Alta hasta hace poco más de un año. Fue, éste último, un viaje repleto de emociones y recuerdos. Como quien cierra un círculo. Una sensación amarga que me ha vuelto a acompañar hoy cuando descorría el camino de aquel otro desplazamiento en sentido opuesto: Pina de Ebro, Híjar, Alcañiz y Calaceite. Imposible desterrar de mi cabeza el color de la tierra mezclado con la estampa dolorida de mi memoria de aquellos días de un julio borroso.

En la quietud de esta mañana de domingo del mes de mayo (llegué a las nueve de la mañana a un pueblo todavía dormido) sólo se oía el griterío madrugador de las golondrinas y el insolente vahído del cierzo lamiendo jambas y esquinas. En el silencio de esta mañana fría de la primavera de la Matarraña, únicamente el polvo de esta tierra (acumulado con paciencia en los huecos de las piedra, sobre las persianas, en los dinteles centenarios y en los pasos del caminante) parecía querer compartir conmigo la complicidad de la búsqueda. Durante tres horas me he detenido aquí y allá fotografiando cualquier detalle que pudiera servirnos en el hipotético caso de que alguien, algún medio de comunicación, se interese por los Poemas de un novelista y la bonita historia que se tejió aquellos años en Calaceite (por allí pasaron decenas de amigos de Donoso, desde Luis Buñuel a García Márquez, Cortázar, Vargas Llosa, Bryce Echenique, Ana María Matute, Gil de Biedma, Rosa Regàs, Carlos Barral, los Moix, etc, etc).
Preguntando a los vecinos que, poco a poco, iban poblando las desiertas y angostas callejas en fugaces y silenciosos desplazamientos (el pan o el periódico), he caminado con la lentitud del que se aventura por universos desconocidos hasta tropezar con la casa donde vivieran Donoso, su mujer y la hija de ambos hace más de treinta años. Muy cerca, a dos pasos, queda la que ocupara Mauricio Wacquez, amigo íntimo de Donoso (y con otra bonita historia de triste final que se relata en el documental de Ruiz Barrachina).
El patio delantero de la vivienda, ubicada en la parte alta del pueblo (allí donde penetra sin problema la luz del sol y los vecinos han plantado rosales y macizos con flores que refulgen con la primavera), muestra una evidente desidia, un abandono de meses que denota (tal vez) el paso del último invierno sin habitantes. Nada, ningún panel o placa, recuerda al paseante que allí vivió uno de los escritores latinoamericanos más importantes de la segunda mitad del siglo XX. Nada menciona el importante papel que jugó, como centro de debate cultural e intelectual de la época, la presencia de Donoso y de su círculo de amistades en Calaceite durante los estertores del franquismo.
Me comenta Antón Castro, director del suplemento Artes y Letras (Heraldo de Aragón), que el documental de Ruiz Barrachina levantó ampollas entre algunos de los vecinos del pueblo. Lo he visionado con atención hace un rato. No descubro el motivo. Y no quiero pensar que este vacío de las autoridades locales o regionales esté relacionado con ese asunto. Tal vez sea, todavía, un lejano eco de aquel mundo "tremendamente frío y hostil" con que se encontraron Donoso y su familia en Calaceite a comienzos de la década de los setenta. Un universo rural y campesino, ajeno e infranqueable, que sólo la aparición del escritor en una entrevista realizada en Televisión Española en el 77 vino a relajar en parte y que sitúa mi curiosidad sobre otra arista de aquella realidad: el ensimismamiento del creador frente al mundo que le rodea (y no pienso sólo en aquellos campesinos coetáneos de Donoso sino también en el papel de Maria Pilar, su mujer, durante aquellos duros años). Las ediciones digitales de los periódicos anuncian, en la soledad de la madrugada, la muerte de Pablo Lizcano...

29/4/09

Con Giovanna Rivero en Alcalá

Ayer comí con Giovanna Rivero en la cafetería de la Residencia San Ildefonso, en la vieja universidad de Alcalá de Henares. De ella escribió en su día el novelista boliviano Edmundo Paz Soldán, que es una de las escritoras latinoamericanas más importantes del momento. Rivero vuela mañana de regreso a Bolivia: ha estado participando en el Festival de la Palabra junto con otros tres escritores del otro lado del Atlántico (Tryno Maldonado, Andrea Jefatnovic y Juan Terranova). Nos reímos recordando las palabras del otro día de Juan Marsé durante el acto en el que por fin, después de meses y estaciones en que habíamos intercambiado multitud de correos-e, nos conocimos en persona: el barcelonés añoraba los tiempos en que la relación autor-editor estaba más humanizada. Recordó cómo era la suya, y la de otros escritores que empezaban entonces, con Carlos Barral y deploró que ahora las grandes editoriales estén repletas de eficaces ejecutivos con los que un novelista apenas tiene contacto.

Conocí la obra narrativa de Giovanna a finales del verano pasado. La lectura de un artículo en una revista digital me llevó a una búsqueda en Google. De un enlace a otro hasta que pude dar con un relato suyo en algún otro rincón remoto de la red. Me fascinó de inmediato la potencia de su palabra y el torrente de imágenes y mundos que maneja. Recuerdo que escribí a su editorial boliviana y ellos me contestaron rápidamente con su e-mail: Giovanna trabajaba durante unos meses en la Universidad de Florida con una beca del Programa Fulbright-LASPAU. Ayer conversamos de las interioridades del mundo editorial en España, de las tribulaciones de la edición independiente y de las posibilidades que podría tener en ese contexto un libro como Niñas y detectives. Y otros cuentos con sangre dulce, que es la recopilación de relatos que en pocos días tendremos en la calle. Lástima que ella no pueda estar en Madrid durante la próxima Feria del Libro. Hablamos de nuestras preocupaciones personales, de los planes para los próximos meses, de sus hijos y de los míos, de nuestras ex parejas, de la situación política en Bolivia y el departamento de Santa Cruz (de donde ella es natural). Compartimos luego un menú con rancio sabor a rancho de estudiante. Y hasta nos quedó tiempo para analizar la influencia de los astros en nuestras circunstancias actuales. Son encuentros de los que uno regresa fortalecido en su estado de ánimo (ya me ocurrió hace un par de semanas mientras cenaba con otro de nuestros escritores-amigo, el barcelonés Eduardo Moga, de paso por Madrid y rumbo a Cosmopoética). Y convencido de que, en efecto, no todo van a ser sobresaltos en la vida del pequeño editor.

27/4/09

Aliento atlántico a un mes del comienzo de la Feria del Libro

Tiene la primavera madrileña una semana de máximo esplendor: la última del mes de abril. Es un entretiempo castellano y, por ello, breve, intenso, desbordante en aromas vegetales y luz. Anticipo de que el estío espera ya, pacientemente embozado, para hacer su desembarco agostando las eras ahora preñadas de hierbajos que ocultan -por unos días- la cara más fea de la ciudad y sus arrabales. Luego regresarán las amapolas a las cunetas de la M-40, el calvario de los asmáticos y el rigor del infierno por unos meses.

Suelo acudir por estas fechas al parque de El Retiro con la fe del peregrino, año tras año, porque es uno de los pocos espacios de evocación que le quedan a la estación en el Madrid postmoderno (lo es ya tanto que, hasta una exposición urbana de Juan Ripollés, la inaugura una concejala tan remozada como Ana Botella). A lo que iba: mañana se realizará en la sede del Gremio de Editores el sorteo para la ubicación de las editoriales, librerías y distribuidoras en el Paseo de Coches durante la próxima Feria del Libro. Apenas queda un mes para que la misma comience. Un parpadeo y estaremos sumergidos de nuevo en la deseada vorágine anual del libro impreso. El tiempo, en efecto, vuela. Esperemos que la suerte no nos sea esquiva y podamos disfrutar de una buena ubicación: en el lado de la sombra y al principio del Paseo.

Así que ayer, cumpliendo con ese rito inaplazable, acudí con mis dos hijos al parque a primera hora de la tarde. Era una sobremesa insospechadamente fría. Los negros nubarrones colgaban del cielo amenazantes y, de tanto en tanto, una furiosa cortina de agua obligaba a los escasos transeúntes a buscar refugio bajo sus paraguas y las colmadas hileras de castaños. Una hora en que el parque aparecía casi desierto y el silencio multiplicaba el sonido de las gotas de agua al rebotar en los paseos, el trino aislado de los pájaros y las pisadas fugaces de los paseantes. La hierba refulgía en las vacías praderas y, por un instante, arrobado por el murmullo del agua de las fuentes, con el aire frío aleteando en las mejillas, El Retiro se transmutó en un bosque con claras evocaciones norteñas y creí pasear por una espesa arboleda atlántica.

La pequeña Sara dormitaba en el cochecito y Miguel pedaleaba con velocidad por el asfalto que rodea al estanque, despejado ahora de turistas, vendedores ambulantes, policías municipales y de esos enquistados artistas infantiles que llevan aburriendo con las mismas marionetas a los niños de Madrid desde hace siglos. El norte había encontrado un umbral en el espacio-tiempo, colándose en la primavera madrileña por unas horas, tal vez unos días, lo que alcance a perdurar el paso de la borrasca. Fue una legítima manifestación de melancolía, lo sé. Pero es que el parque de El Retiro, en la última semana de abril, siempre nos aguarda con alguna sorpresa dulce que justifica la liturgia del paseante.

24/4/09

Marsé: el que avisa no es traidor


Mi primer recuerdo acerca de Juan Marsé se remonta a los últimos años de la infancia. Es una imagen que se pierde en la desidia del paso del tiempo y que, por contra, se mantiene en la memoria con unos bordes tan nítidos como la fotografía de mi madre planchando la ropa en la salita de nuestra vivienda familiar en una tarde taurina, primaveral como ésta, y con la luz del sol haciendo un vericueto imposible para iluminar una esquina de la estancia de nuestro primero interior derecha. Como ese olor a colada seca y recién recogida del tendedero que ya nunca me ha abandonado.

La foto de la memoria de Marsé me remite al cuarto de mi hermana, tres años mayor que yo, y por entonces una adolescente desconocida. En las paredes de su habitación estuvo colgado durante mucho tiempo un cartel promocional de una novela a la que yo luego tardaría años en hincar el diente (y con gusto, con mucho gusto): Últimas tardes con Teresa. El recuerdo del cartel y de aquellos años se diluyó en mi cabeza hasta que mucho después, y fruto de ese desorden de lecturas que forman mi biblioteca personal, un caos alimentado por la intuición y el desconcierto, empecé a leer -ya conscientemente- a Juan Marsé con una voracidad que sólo compite, en vehemencia, con la ceguera del enamorado. Me lo leí todo, novela tras novela, demorándome en las páginas de cada una de ellas cada vez que el final del libro se intuía próximo. Lo devoré como sólo se lee la literatura que nos trasciende por encima de modas y augurios: con la curiosidad y la pasión del que sabe cómo se la juegan el autor y sus lectores entre las páginas de un libro.

Si alguien me preguntara ahora, después de tanto tiempo y lecturas, cuál es una de mis novelas preferidas diría que, sin duda, Si te dicen que caí. Por eso he acudido esta mañana al salón de actos de la vieja universidad alcalaína cuando un amigo, Manuel Rico, me ha comentado que Marsé participaba en una mesa redonda acerca de esta obra con motivo del Festival de la Palabra que organiza la propia Universidad y a cuenta de la recientísima edición (por parte del Fondo de Cultura Económica y de la misma universidad, dentro de la Biblioteca Premios Cervantes) del manuscrito original de esta novela. Destaco lo de "original" porque el volumen no tiene desperdicio: incluye los tres informes que la censura franquista elaboró sobre el mismo (recordemos que la primera edición de la novela se publicó en México en el año 73), además de varios textos escritos aquí y allá por el propio Marsé acerca del universo íntimo que late en la misma y una interesante entrevista que le hizo, hace años, Arcadi Espada.

Cuando meses atrás se hizo público el fallo del premio Cervantes no pude ocultar una sensación de felicidad. Son tantas, y tan variadas, las decepciones acumuladas por las sucesivas concesiones de los premios nacionales de nuestras letras, tantos los amiguismos e intereses personales que transitan sin pudor entre jurados y festines con canapés que, de repente, encontrar que el galardón recaía en uno de los nuestros, un tipo sin más formación literaria específica que la de sus lecturas pero con una capacidad para captar historias y contarlas como nadie, un hombre poco dado a las comparecencias públicas y más amigo de la aventura narrativa que de la teorización literaria, un escritor comprometido con los suyos y que había sufrido la censura de los perros de presa del régimen franquista, que mi alegría fue inmensa. Recuerdo que comenté alborozado la noticia en casa y también que telefoneé a algunos amigos para compartir ese momento. Y hoy, sentado en el salón de actos de la universidad alcalaína, entre jóvenes estudiantes, escolares de la ESO, viejos libreros, críticos de cine y lectores entregados (también justo por detrás de su familia: su mujer, sus hijos y nietos), sentado al lado de la escritora boliviana Giovanna Rivero (invitada por el Festival de la Palabra y que muy pronto publicará su primer libro de ficción en España en nuestra colección Narrativa Bartleby) no he podido más que emocionarme nuevamente y disfrutar de las divertidas anécdotas que han ido desgranando Marsé y sus amigos (Josep Martí Gómez y Joan de la Sagarra). Anécdotas como aquella respuesta que le dieron a un juez Marsé y Manolo Vázquez Montalbán cuando se les acusó de pervertir el sentido del cuento de Caperucita Roja en no recuerdo cuál publicación: "Mire usted, señor juez, lo único que pretendíamos es que el pobre lobo disfrutara un poco".

Si mi padre viviera sería tres años más joven que Marsé. Nunca me han sido ajenas, por tanto, esas historias de barriadas en los extrarradios de una gran ciudad (Madrid, en nuestro caso), de casas bajas y fuentes públicas en plazas destartaladas, de calles embarradas y agua congelada en los charcos, de muchachos lanzándose calle abajo montados en rudimentarios vehículos de madera con rodamientos y guiados por la pericia que sólo las muchas cicatrices en la piernas procuran. Recuerdo a mi padre contándome, en alguna tarde ya definitivamente perdida en el tiempo, cómo bajaba un arroyo por no sé qué zona de nuestro barrio, luego convertida en la calle tal, erial por donde ellos corrían y jugaban de chavales. Tal vez por ahí venga mi afinidad con el territorio Marsé (que años más tarde intenté plasmar en un frustrado proyecto fotográfico sobre la Barcelona del pijoaparte y el Madrid de García Hortelano). Es una memoria de una ciudad que nunca más existirá pero que todavía husmeo cuando transito por algún barrio de las afueras cercenado ahora por la herida de asfalto de la M-40 o la M-50, o por algunos míseros polígonos industriales que parecen trasplantados a nuestros días directamente desde los años 70. Y recuerdo, también, el miedo callado de mi padre cuando en algún momento alguien ponía encima de la mesa algún comentario relacionado con el régimen. Era el miedo de los perdedores, pánico inoculado en una posguerra de frío, hambre, humillaciones y miseria.

Dice hoy Raúl del Pozo, en su columna en la última de El Mundo, a cuenta de Marsé y de su Cervantes que "seguimos obsesionados por nosotros mismos, rumiando nuestras anomalías en una guerra de recuerdos entre malos y buenos. Siempre inactuales". Mientras, leo entre las páginas de esta preciosa edición de Si te dicen que caí el arriesgado texto que con el seudónimo de Sarnita firmó el propio Marsé en su columna semanal de la desaparecida revista barcelonesa en la que se ganaba la vida como redactor-jefe por aquel entonces: diles a esos timoratos que detrás del supuesto huracán de intenciones de una novela suele silbar el viento perdido de la infancia común y corriente, sólo eso./.../Y en tanto el poder sigue usufructuando en exclusiva la memoria de unos hechos que nos pertenecen,..., prohibiéndonos hacer el recuento de lo ocurrido, brindaré por nosotros, por nuestras humildes aventis y por nuestra insobornable voluntad de contárselas a quien quiera oírlas. Y en ello continúa. Gracias, Juan.

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