23/9/07

De mayor quiero ser funcionario

No, no voy a hablar de los compatriotas que se ganan (¿?) la vida trabajando (¿?) en la Jefatura Provincial de Tráfico de Madrid. A esos no ha habido ministro de Administraciones Públicas que les ponga la correa al cuello en treinta y pico años de democracia. Para qué perder tiempo, pues. Sólo añadiré dos anécdotas que como sufrido contribuyente me sucedieron la semana pasada:

La primera cuando llevé unos centenares de libros a un almacén del Ministerio de Cultura. El funcionario de turno me amenazó a grandes voces de que después de la una y media no recibían mercancía (que a él nadie le pagaba las horas extras, etc, etc). Miré mi reloj sorprendido: no serían ni las 12:45. Luego insistió en que cajas de más de 20 kilos no se aceptaban y que la próxima vez devolvería el envío. Supongo que la experiencia le había afinado la capacidad de estimar el peso a ojo. Al parecer los de riesgos laborales le podían meter un "paquete" si le veían cargar esas cajas. Les prometo que las mías no pesaban más de veinte kilos. O los kilos que en el universo de los autónomos sí que podemos cargar, que debe de ser que el autónomo sigue en el Paleolítico. Sin horarios y sin compañeros de riesgos laborales. Con cajas infractoras de la ordenanza de riesgos laborables, crueles enemigos de las espaldas de los funcionarios de España. Que, por lo que me dijo el tipo, son los culpables de la saturación en los hospitales de la Espe: "usted no sabe la cantidad de gente que hay en los hospitales con las espaldas machacadas por coger pesos inapropiados".

La segunda, dos días después. Los de Contabilidad de la Universidad Autónoma me devuelven una factura porque está mal calculado el IVA. Cojo asustado calculadora y factura y compruebo, con pasmo, que "mal" significa que calculado el impuesto sobre el valor añadido con un decimal el redondeo no es exacto: es decir, por cuatro centésimas de diferencia con lo que afirma otro funcionario de turno mi factura, que lleva meses esperando ser abonada, finalmente ha sido devuelta a la oficina donde llegó antes del verano.

¿Ustedes de mayor no querrían ser funcionarios de algún Estado, Autonomía, Ayuntamiento o de su misma casa?

18/9/07

Correo póstumo

Ayer la cartera que un par de veces por semana nos reparte el correo me trajo un certificado. Después de firmar en el impreso de entrega (nombre, apellidos, denei encima de la rúbrica) me entregó un montoncito de cartas. Total, ya no iba a introducirlas en el buzón. Nuestro buzón es grande, no tiene nombres, y el correo se moja cuando llueve. Entre las cartas del banco y de repsol gas apareció un sobre de pequeño tamaño, con la letra inconcundible de Tonio, mi viejo amigo muerto días atrás. Él la había escrito el día siete y su mujer, ahora viuda, la había puesto en el correo junto con otras cartas a la mañana siguiente. Muchas veces había pensado que este sería un buen tema para un relato: una carta que se recibe después de la muerte de quien la había escrito. Cómo imaginar que la vida puedes ser tan frágil e irónica a la vez. Aquí, junto al teclado del ordenador está la carta que un amigo me escribió pocos días antes de morir. Carta que no tendrá respuesta por mi parte. Carta en la que me agradece los últimos libros que le envié a casa justo antes de escapar del sopor de Madrid hacia Asturias, a finales de julio. Carta en la que, al fin, uno puede constatar lo mal que andaba el bueno de Tony y cómo aún sacó fuerzas para alegrarse por nuestros libros y repartir ánimos. Sólo voy a poner aquí abajo su última frase: "espero que sigas con la lucha. Nada más Pepo".

15/9/07

A Tonio, in memoriam

TONY LYONS, Tonio (como le gustaba llamarle a su viejo amigo John Berger) murió en silencio, como a él siempre le habría gustado, en la noche del trece de septiembre, hace dos días. Hoy su familia le despide en El Recuenco, el que durante muchos años fuera su refugio y el mejor reflejo del alma de Tony. He rebuscado en la memoria del ordenador que usaba por entonces un retrato que escribí de Tonio hace diez años, uno de mis primeros trabajos para una revista de viajes que buscaba tipos excepcionales a los que les gustara la vida en el campo. Tony era uno de ellos, la estela final de una estirpe que se extingue, como este final de verano, entre cielos que barruntan tormenta y soledades. El artículo nunca se publicó y ha viajado conmigo durante estos años, esperando su momento. Tal vez sea ésta la mejor manera de mantener vivo su recuerdo...


En la sierra madrileña aún quedan resquicios para el sosiego. Sobre canchales caprichosos, hatos y majadas olvidadas, roquedos umbríos, el sol envía un tímido hálito de brillo invernal entre los árboles y las piedras. Es la luz que la mano de Tony Lyons recoge con la serenidad y el respeto de un monje, la que sus carboncillos dejarán después en el papel. Cada día algo distinto.
Tony Lyons ha centrado su trabajo de dibujante de bodegones y paisajes en la abrupta soledad de estas quebradas durante los últimos años. Nacido en Merseyside, muy cerca de Liverpool, llegó a España en el año 1955. Venía con la intención de seguir rumbo a Milán, donde unos amigos le habían prometido un empleo que le permitiría dedicarse sin agobios a su gran pasión, el arte. Atrás quedaban las privaciones de una niñez rural, el paso sin pena ni gloria del marino adolescente por la guerra mundial y la certeza del hambre que le perseguía como una maldición; las horas nocturnas abandonadas a cualquier trabajo y las vespertinas consagradas al estudio; el nacimiento de algunas amistades que todavía hoy perduran y el convencimiento de la pintura como una razón vital. “Después de tantos años desorientado, por fin había encontrado algo que quería hacer en la vida”. En Madrid, sin embargo, se casaría y establecería finalmente.
En el 78 compró un viejo colmenar cerca de Manzanares el Real. Un auténtico mohedal, tomado por la jara y otros arbustos. Tony, con la ayuda de otros amigos, dedicó 18 meses a limpiar la vegetación, “trabajando los fines de semana”. Entonces ya llevaba mucho tiempo ganándose la vida como profesor de inglés, en un paréntesis artístico, y de supervivencia, que le tomaría 30 años. Después vendrían otros 18 meses de dura tarea, levantando lo que hoy es su estudio, una modesta y austera vivienda de piedra. No se queja. “Necesitaba trabajar físicamente, era a lo que estaba acostumbrado desde niño. Las clases me aburrían”. Sólo hay que llegar hasta Solentiname, así se llama su refugio, para comprender el extremo rigor de aquella labor.
La cara de Tony Lyons es como un mapa del tesoro: lo delatan sus ojos de niño travieso por entre las marcas que el tiempo ha ido levantado en su geografía. Buen conversador, afable con los visitantes, amigo de los pastores, vigila felino el movimiento de las sombras abajo, entre las encinas. A uno, ser urbano por obligación, le parece que aquello es el reino del silencio. Tony niega con la cabeza. “Siempre hay ruidos: los animales con sus llamadas, los buitres allá arriba, el bosque”. Hasta hace muy poco la Edad Moderna estaba tan sólo a 30 minutos de camino por la dehesa. “Esto era otro mundo. Pero ahora sabes que el hombre está ahí toda la noche: las luces de la cárcel, de la nueva gasolinera”. Y, lo que es peor, también que no detiene su avance.
Su jornada está dividida entre el dibujo, al que dedica las mañanas, y la lectura y escritura de cartas, tareas en las que emplea las tardes. Asume que su cuerpo ya está cansado. “No pienso en la vejez. Noto que no puedo hacer ya ciertas cosas, como cultivar la huerta, pero aún pienso que hay gente peor y se acabó”. Una vez a la semana regresa a Madrid, pero vuelve en cuanto puede al estudio: asegura estar “más a gusto con el mundo, con mi vida, conmigo mismo” cuando dibuja. Aunque “el precio sea estar solo”. Pero él necesita la soledad y ese rincón para poder dibujar. Un derecho que defiende haberse ganado con los años.
El gas butano y una batería de coche le dan la electricidad necesaria ahora que los días se acortan. Tony Lyons, rodeado de sus cachivaches de dibujo, toma un libro, enciende una lámpara y se acurruca junto a la estufa. La leña crepita y él sueña ya con el reverbero de otra mañana en las peñas. Un sueño en carboncillo y papel blanco. Un sueño de luz.

13/8/07

Escrutando el cielo de una noche de verano

El lugar se llama Calambre. He de confesar mi sorpresa al descubrir el nombre. El año anterior no existía ningún cartel que lo indicara. Y, sin embargo, ya se llamaba igual. La pedanía es Rapalcuarto, a un par de kilómetros de Tapia. La casa es una pequeña construcción de pizarra y madera de castaño apenas rehabilitada el verano anterior. Un mínimo edificio labriego rodeado de una amplia finca que ahora ha quedado convertida al disfrute vacacional. La casa es acogedora y silenciosa. Uno se siente como si estuviera en la propia (y eso que está desprovista de cualquier elemento decorativo). Sólo lo esencial. Como en estas noches despejadas en las que uno no necesita más que una silla, una buena manta y todo el firmamento. En la oscuridad la bóveda celeste adquiere una solemnidad que sólo rompe a ratos el bramido de algún vehículo en la cercana carretera nacional y, a lo lejos, el batir de las olas en la línea de costa. Una silla y una buena manta. La amplitud del cielo estrellado convierte la noche en un majestuoso telón cóncavo en el que explorar antiguas aficiones. Veo al niño de trece o catorce años que anotaba en un cuaderno desvencijado los nombres de las constelaciones y copiaba, a lápiz, los dibujos de las mismas junto a su nombre. Veo, una lejana noche del año 73 o 74, llegar a mi padre del trabajo en la madrugada y traerme un ejemplar del diario ABC con un espectacular primer plano del cometa Koutek (ejemplar que luego guardé muchos años más antes de la mudanza definitiva). Mirar al cielo por la noche tiene un sabor dulce. Y más si coincide con la anual cita con las Persídas. Estos días atrás nos hemos sentado a escrutar el firmamento Julia, Miguel y yo. Miguel entiende a duras penas lo que le contamos mientras espera observar su primera estrella fugaz. Anoche, con los niños acostados, la lluvia de estrellas fue -sin embargo- más espectacular. Nos sentamos sobre la hierba mojada, nos echamos una manta por encima y contemplamos el largo rastro que dejaron las lágrimas de San Lorenzo en el cielo. Otro de los ejercicios que permite la placidez del verano y la ausencia de urgencias.

1/8/07

El Roto, exposición itinerante por Andalucía


Visitamos hace dos días en Castril (Granada), un bello pueblo serrano donde tiene su sede la Fundación José Saramago, la exposición itinerante de viñetas de Andrés Rábago, El Roto. La muestra, que acoge muchos de los dibujos que Rábago ha ido publicando en el diario El País a lo largo de estos años, estará de gira por varios espacios naturales de Andalucía hasta el 31 de diciembre. Podéis consultar su calendario en El Chaparrón. Al concluir nuestra visita le comentamos a la persona que atendía esa tarde (con manifiesta desgana) en el Centro de Recepción de Visitantes del Parque Natural que dos de las viñetas yacían en el suelo. R.I.P.

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